
El éxito sostenido de las ferias de la agricultura familiar registrado durante los meses de agosto y septiembre de este año lleva un rostro indiscutiblemente femenino. Informes de comités productivos y de instituciones de fomento agrario revelan que más de dos tercios de los puestos instalados en los mercados itinerantes y ferias departamentales son liderados y gestionados por productoras y artesanas rurales.
Detrás de cada mesa de hortalizas frescas, queso artesanal, dulces caseros y plantas ornamentales se encuentra una compleja labor de organización comunitaria que las mujeres rurales despliegan cotidianamente. Son ellas quienes coordinan la cosecha, seleccionan los productos, planifican el transporte y atienden de manera directa al consumidor urbano, logrando retener ingresos líquidos indispensables para sostener la economía de sus hogares.
A pesar de este liderazgo comercial evidente, las feriantes denuncian que aún enfrentan barreras logísticas considerables: la falta de transporte seguro y accesible desde las compañías más alejadas, la ausencia de espacios físicos acondicionados para la venta permanente y la sobrecarga de tareas que implica conciliar el trabajo productivo en la chacra con las responsabilidades del hogar.
Para las organizaciones de mujeres, potenciar este protagonismo económico requiere ir más allá del aplauso ocasional en las ferias de fin de semana. Es imperativo institucionalizar programas de apoyo directo a las asociaciones femeninas, dotándolas de infraestructura de acopio, capital operativo y capacitación en gestión comercial y valor agregado, consolidando así un modelo de economía solidaria donde el trabajo de la mujer rural sea valorado con justicia y autonomía.
