Para Teodora y Elva, el bosque no es una cifra en un informe ambiental ni un simple recurso económico. Es su casa, su farmacia y su herencia. En el departamento de Canindeyú, el proyecto PROEZA está demostrando que la lucha contra el cambio climático comienza devolviendo la dignidad y el verdor a las comunidades rurales e indígenas.

Una “casa” con paredes de cedro y techos de ramas

En la comunidad Avá Guaraní de Y’aka Poty, Teodora Vera lidera con el ejemplo. Para ella, el bosque es una estructura vital: los troncos de cedro son las paredes y el manto de hojas el suelo que nutre sus cultivos.

“Para nosotros el bosque es sagrado: de él obtenemos medicina y leña. El bosque es nuestra vida”, afirma Teodora mientras toma mate antes de iniciar su jornada en las parcelas agroforestales.

El desafío: Recuperar lo perdido

Paraguay enfrenta una realidad dura: entre 2010 y 2020, el país perdió una media de 347.000 hectáreas de bosque al año. Esta deforestación ha provocado:

  • Escasez de agua y peces.
  • Suelos agotados y menos productivos.
  • Mayor presión económica sobre las familias rurales.

Ante esto, la agroforestería (plantar árboles maderables o frutales en medio de los cultivos agrícolas) surge como la solución para reconciliar la producción de alimentos con la restauración del ecosistema.

PROEZA: Unión de protección social y acción climática

El éxito de este modelo radica en que no solo entrega árboles, sino que sostiene a las familias. El proyecto PROEZA, ejecutado por la FAO y financiado por el Fondo Verde para el Clima, se apoya en dos pilares:

  1. Incentivos Financieros (Tekoporã + PROEZA): Las familias reciben un apoyo económico condicionado a logros ambientales, como asegurar que sobreviva el 60% de las plantaciones o aplicar técnicas correctas de poda.
  2. Asistencia Técnica Especializada: La FAO brinda capacitación en análisis de suelo, manejo de semillas y acceso a mercados, asegurando que el esfuerzo de las comunidades se traduzca en autonomía económica.

Dos generaciones, un mismo objetivo

Mientras Teodora gestiona viviendas y pensiones para sus ancianos, a 30 kilómetros, en la comunidad de Fortuna, la joven Elva Rosa Gauto (23 años) utiliza su parcela de cítricos y mandioca para costear sus estudios de enfermería.

Elva representa el futuro de la Red Rural: una mujer que combina la sabiduría ancestral de las plantas medicinales con la formación clínica moderna. Su huerta agroforestal es el “colchón” económico que le permite soñar con trabajar en la Unidad de Salud local y demostrarle a su hija que en el campo sí hay futuro.

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