
En medio de las tensiones inflacionarias y la presión sobre el costo de la canasta básica familiar registradas durante agosto y septiembre de este año, las ferias barriales y populares se consolidaron como un recurso económico vital para la seguridad alimentaria de los sectores urbanos y periurbanos.
Mientras que en los canales formales de supermercados y almacenes comerciales los precios de las frutas, verduras, carnes y productos de consumo diario experimentaron fluctuaciones que golpean el bolsillo de los hogares de menores ingresos, los mercados itinerantes ofrecieron un alivio directo. Al conectar sin intermediarios la producción de las chacras campesinas con los consumidores de las ciudades, estas ferias lograron mantener precios accesibles y una oferta constante de alimentos frescos.
Para las familias de los cordones urbanos, acudir a las ferias semanales dejó de ser una opción pintoresca para convertirse en una estrategia de supervivencia alimentaria y optimización del presupuesto doméstico. A su vez, para los comités de productores del interior, estos espacios representan el flujo de caja necesario para sostener sus economías y continuar invirtiendo en los siguientes ciclos de siembra.
Sin embargo, dirigentes sociales y económicos advierten que depender exclusivamente de ferias temporales o fines de semana resulta insuficiente ante un problema estructural de carestía. Se demanda la creación de mercados municipales permanentes de la economía familiar, donde los consumidores puedan acceder diariamente a alimentos sanos y a precios justos, consolidando una red de abastecimiento solidario que fortalezca la seguridad alimentaria tanto en el campo como en la ciudad.
