
Durante los meses de agosto y septiembre de este año, las ferias de la agricultura familiar se consolidaron nuevamente como el motor económico más visible y directo para miles de productores rurales en distintos puntos del país. Desde espacios tradicionales en Asunción y el departamento Central hasta convocatorias departamentales en el interior, la venta directa del campo a la ciudad demostró ser una alternativa eficaz frente a la distorsión de precios impuesta por los intermediarios.
Los reportes comerciales del bimestre reflejan una alta concurrencia ciudadana en estos mercados temporales y permanentes, donde las familias campesinas logran comercializar una amplia variedad de rubros: hortalizas frescas, queso Paraguay, carne de cerdo, gallina casera, frutas de estación y granos. Para los comités de labriegos, participar en estas ferias significa no solo asegurar una fuente de ingresos líquidos inmediatos, sino también recuperar la dignidad de su labor al visibilizar la calidad y diversidad de lo producido sin depender de cadenas de comercialización especulativas.
Sin embargo, dirigentes y productores insisten en que las ferias itinerantes o de fin de semana —si bien exitosas— actúan como un paliativo y no sustituyen la necesidad de infraestructura comercial permanente. Se demanda la habilitación de mercados municipales de abasto local gestionados directamente por las organizaciones de productores, así como centros de acopio regionales equipados con sistemas básicos de frío que permitan almacenar la producción y negociar en mejores condiciones durante todo el año.
La experiencia de este bimestre ratifica que cuando se eliminan las barreras de transporte y se establecen canales directos de intercambio entre el campo y los centros urbanos, la agricultura campesina demuestra un enorme potencial de dinamización económica. Apostar por circuitos cortos de comercialización es, en definitiva, construir una economía local más justa, descentralizada y menos vulnerable a las fluctuaciones del mercado masivo.
