
El impacto de la variabilidad climática en América Latina durante los meses de agosto y septiembre de este año ha vuelto a colocar sobre la mesa una exigencia histórica de las organizaciones sociales y agrarias del continente: la urgencia de destinar recursos financieros reales y directos para la adaptación al cambio climático en la pequeña agricultura.
En los foros regionales y debates económicos recientes, organismos de desarrollo han señalado que, si bien la macroeconomía de los países del Cono Sur suele resistir los embates climáticos gracias a los agronegocios de exportación, la agricultura familiar campesina —responsable de gran parte de los alimentos que llegan diariamente a las mesas locales— carece de los cojines financieros necesarios para absorber las pérdidas de cosechas consecutivas.
Las organizaciones del sector reclaman que los fondos internacionales y estatales destinados a la mitigación climática rara vez llegan al productor de base. Los requisitos burocráticos de los créditos verdes y los seguros agrícolas tradicionales suelen excluir al pequeño labriego debido a la tenencia precaria de la tierra o a la falta de garantías formales.
Ante este escenario, especialistas y dirigentes agrarios insisten en que los gobiernos latinoamericanos deben reorientar las políticas públicas hacia un modelo de financiamiento directo, no reembolsable y de rápida ejecución enfocado en la transición agroecológica. Blindar presupuestariamente a la producción campesina frente al cambio climático no es solo una medida de supervivencia económica para el campo, sino una condición indispensable para garantizar la estabilidad alimentaria de toda la región en los próximos años.
