
El debate sobre la sostenibilidad a largo plazo de la agricultura familiar en Paraguay ha vuelto a poner el foco en una de sus variables más críticas: el éxodo juvenil rural y la urgencia de garantizar condiciones de arraigo para las nuevas generaciones de campesinos. Durante el bimestre de agosto y septiembre, diversos espacios de diálogo agrario y ferias enfocadas en jóvenes productores visibilizaron tanto el potencial creativo de la juventud rural como los obstáculos estructurales que enfrentan para permanecer en el campo.
El fenómeno de la migración de jóvenes hacia los cordones urbanos periféricos o hacia el exterior no es nuevo, pero se ve acelerado por factores concretos: la dificultad para acceder a parcelas propias de tierra cultivable, la precariedad de la infraestructura básica en el interior y la percepción de que el trabajo agrícola tradicional carece de rentabilidad y reconocimiento social.
A pesar de estas barreras, las experiencias impulsadas durante este periodo demostraron que cuando los jóvenes cuentan con apoyo técnico adaptado, incentivos económicos directos y herramientas de innovación —como la digitalización de la comercialización y técnicas agroecológicas de precisión—, responden con un fuerte compromiso hacia la producción comunitaria. Ferias juveniles realizadas en espacios públicos urbanos evidenciaron cómo las nuevas generaciones están liderando emprendimientos de valor agregado, transformando la materia prima en productos artesanales y diversificando las fuentes de ingresos de sus comités.
Especialistas en desarrollo rural coinciden en que el recambio generacional no se logrará con llamados románticos al amor por la tierra, sino con políticas públicas concretas que garanticen tierra segura, conectividad digital, educación técnica pertinente y acceso a créditos blandos. Asegurar que los jóvenes encuentren en la agricultura campesina un proyecto de vida digno y rentable es la única garantía real para la soberanía alimentaria del país en las próximas décadas.
