
El fortalecimiento y la consolidación de eventos de precipitaciones por encima de los promedios normales —asociados a la dinámica del fenómeno de El Niño— han mantenido en constante vigilancia a las regiones agrícolas del país durante agosto y septiembre de este año. La Dirección de Meteorología e Hidrología emitió de manera reiterada avisos de tormentas severas y acumulados de lluvia significativos, encendiendo las alarmas sobre los riesgos de anegamientos en valles y zonas de producción intensiva.
A diferencia de los ciclos anteriores marcados por sequías prolongadas, el escenario actual presenta el desafío opuesto: el exceso hídrico y la alta saturación de humedad en los suelos. Esta condición meteorológica incide de forma directa en las parcelas de pequeños productores, donde el control fitosanitario se vuelve más complejo debido a la proliferación acelerada de hongos y plagas en cultivos de huerta, mandioca y rubros de autoconsumo.
Ante este panorama, técnicos agrometeorólogos y organizaciones locales enfatizan que el acceso a sistemas de alertas tempranas descentralizadas ya no es un lujo técnico, sino una herramienta de supervivencia económica para las familias rurales. Contar con datos precisos sobre cuándo y dónde impactarán los núcleos de tormentas permite anticiparse mediante la cosecha preventiva, el resguardo de granos y la apertura de canales de drenaje en las parcelas.
Sin embargo, los actores territoriales coinciden en que la información climática debe ir acompañada de un fortalecimiento de la infraestructura local. Las pérdidas ocasionadas por los temporales de este bimestre demuestran que la resiliencia agraria requiere inversiones concretas en la conservación de suelos, sistemas comunitarios de captación y manejo de agua, y caminos que garanticen que la producción no quede atrapada en las comunidades cada vez que el clima se vuelve adverso.
